Me temo que hay una forma muy cómoda y muy fácil de educar. Una forma, además muy común que, bajo el pretexto de la disciplina, evita muchos riesgos a los padres y a los hijos. Evita, por encima de todo, el peligroso riesgo de pensar.
Es la siguiente: los padres se sitúan en una posición de autoridad que permite el diálogo hasta cierto punto, más allá del cual aparece la imposición. Los hijos asumen la cómoda postura del acatamiento oficial y del “escaqueo”, o la ruptura de la norma, a la menor ocasión.
Es un juego que conviene a ambos. A medida que los hijos crecen, la falta de diálogo real y cuando digo real me refiero a la capacidad de hablar absolutamente de todo, sin excepciones- hace que aumente proporcionalmente la falta de confianza entre ambas partes, confianza que se sustituye por una tranquilizadora apariencia en el cumplimiento de las normas. Por debajo de esa línea imaginaria que marca la apariencia, una vez más, la hipocresía: padres que no hacen lo que predican e hijos que hacen lo que les da la gana o les pide el cuerpo. Y nadie reflexiona, nadie se cuestiona nada: es demasiado peligroso. Es tan peligroso como la verdadera libertad.
Y, Sin embargo, la verdad nos hará libres, dice el Evangelio. Hay que informar y formar a los hijos, sin complejos ni mojigaterías. No es lo mismo prohibir que se droguen que explicarles exactamente qué pasa si se chutan heroína. Explicarles que alcazarán un estado de felicidad similar al postcoital. Explicarles que, si lo prueban por experimentarlo, es muy probable que se enganchen. Explicarles que, en un 90% de los casos, la gente que se engancha lo hace por huir de una realidad –familiar casi siempre- que les supera, una realidad infernal. Explicarles que no es divertido: es un maldito drama. No se puede hablar de templanza si no se habla de exceso. No se puede hablar de castidad sin hablar de sexo. No se puede hablar de virtud sin bucear en la realidad del pecado. ¿Es duro? Mucho. Y, sobre todo es sacrificado: dejar la lectura del diario y sentarse a hablar con el hijo, pitillo o cervecita en mano, una hora, dos, tres, las que hagan falta. Formarlos para que sean libres supone educarlos en la responsabilidad, no llevarlos atados con una correa como a los perrillos. Si no lo hacemos así, estaremos educando de una forma intervencionista, prohibiendo e imponiéndonos por decreto. Y dándole la razón al Gran Inquisidor de Dostoyevski cuando le dijo a Jesucristo, que había vuelto a este mundo, que se largase, que los hombres no podían asumir, no querían, la libertad que Él les traía. Si no lo creen, hagan la prueba de parar por unas horas su cómodo y narcotizante ritmo de vida y quédense solos consigo mismos, a ver si les gusta lo que ven en el fondo de sus almas. |