| ¡Nuestros hijos!
A base de repetirlo, casi llegamos a convencernos de que nuestros hijos son “algo” nuestro.
Y son hijos nuestros, pero no “algo” nuestro, “algo” de lo que podamos disponer libremente, a nuestra voluntad.
Nuestros hijos mañana serán padres, quizá abuelos, posiblemente,...¿quién sabe?
Desde el momento de su concepción, desde el comienzo de su existencia, nuestros hijos gozan de una individualidad propia, intocable.
Para empezar, son seres libres e independientes.
Nuestros hijos no son nuestros, en el sentido de propiedad, aunque han necesitado de nosotros para llegar a este mundo.
Nuestros hijos, desde su concepción, son seres cargados con un bagaje de dignidad que sobrepasa cualquier consideración, y ante quienes sólo cabe el máximo respeto y consideración.
Este concepto es fundamental. Si lo viésemos claro, jamás intentaríamos justificar un aborto o el “derecho de la madre a abortar”.
Las madres sólo son portadoras de alguien ajeno a ellas mismas, aunque se encuentren totalmente ligadas a esa persona.
Ese nuevo ser que se desarrolla en el interior de la madre, sí tiene un propietario, Dios, dador de toda vida; y nadie más tiene derechos sobre él, sobre su vida.
La vida de ese nuevo ser es tan sagrada como la tuya y la mía. Nada importa el tamaño.
Eres responsable de que ese hijo se desarrolle debidamente hasta conseguir la madurez.
Esta es la verdadera grandeza del padre y de la madre, que no es pequeña.
Abortando impedirías que tu hijo llegase a ser un futuro hombre o mujer como los demás, a lo que tiene absoluto derecho.
Así, pues, yo no puedo, yo no tengo derecho a destruirlo. No podemos matarlo.
¡Nadie puede matarlo! |